Los años maravillosos del teatro experimental, un recuerdo nostálgico de Fermín Cortez Rodarte

img_7524-copiarPor Raúl Bañuelos

Los 70´s han dejado memorias imborrables en la mente de Fermín Cortez. Al preguntarle cómo fue su desenvolvimiento en las artes escénicas de inmediato trajo al presente instantes maravillosos y llenos de éxito, pero también recuerda otros que le enseñaron por medio del fracaso.

“Uno de actor pierde a veces el piso y con tanto halago de la gente nos llegamos a creer que somos verdaderos artistas”, así lo expresó nuestro entrevistado no sin antes soltar una carcajada al señalar que para ser un artista se requiere de la preparación constante y sobre todo tener la disposición de ser autocritico para corregir los errores, algo difícil de reconocerse en el ámbito de la cultura.

Férreo seguidor de los espectáculos de calidad, Fermín Cortez tuvo sus primeras participaciones en el Club de Teatro Experimental Aristos, teniendo como director a José Manuel Castaño, que a su vez puso en escena la obra Un país feliz de la autora Maruxa Vilalta, trabajo con el cual se logró atraer una aceptable audiencia en los lugares donde se presentaba.

La vida se compone de victorias y fracasos, desde luego Fermín pasó por una etapa que lo obligó a redireccionar el rumbo al ver que uno de sus primeros montajes no tuvo el éxito esperado, razón por lo cual decidió tomar cursos de actuación en el Instituto Zacatecano de Bellas Artes (IZBA), bajo la conducción del maestro Juan Juárez en donde participó en la obra El pobre barba azul de Xavier Villaurrutia, colaboración que lo impulsará a continuar capacitándose por dos años más para luego compartir sus conocimientos en Jerez a través de once representaciones literarias con el apoyo de sus alumnos y compañeros.

Explicó que una frustración más puede originarse cuando un director de teatro no prevé que uno de sus alumnos puede enfermarse justo el día de alguna presentación, y al no encontrar suplentes para el papel requerido no quedará otra más que tomar el toro por los cuernos y ocupar su lugar, pero en el peor de los casos decidir cancelar una función cuando no hay la capacidad de hacerle frente al problema o cuando en principio se tenía prevista una escenografía y al final te das cuenta que no la tienes.

“Hoy reconozco que supe hacer equipo y gracias a Dios yo lo tuve; me duró 10 años y se llamó Crisol; si no sabes hacer quipo en el teatro, no eres nadie…”.

Su afición al teatro es perdurable, aunque años atrás el gusto por el canto y el baile también fueron parte en su desarrollo como promotor de la cultura.

Al recordar pasajes de aquellos tiempos es inevitable comparar el poder de convocatoria que se obtenían de las obras de teatro a los eventos culturales de ahora, y es ahí donde nuestro entrevistado remarcó que el desinterés por asistir a ellos obedece, por un lado, a que hoy en día hay más cosas en qué entretenerse, pero a su vez reconoce que ha sido poca la inversión que se le

ha destinado a la cultura. No obstante, admite también que en la actualidad se ofertan programas de calidad y ni así se logra llenar de espectadores nuestro Teatro Hinojosa.

¿Jerez es un pueblo culto?, se le cuestionó, y sin ambigüedades responde que sólo el canto y la danza han encontrado en los jerezanos la atención, pero muy rezagadas se quedan otras disciplinas en donde ve la necesidad de insistir en la formación de públicos para que encuentren la aceptación deseada, un ejemplo de ello, mencionó, la música clásica y el teatro, que si no se promueve especialmente éste último no se puede exigir audiencia para nuevas puestas en escena.

El desaparecido grupo Superación 33 y las instalaciones del Bar El Bohemio, de Arturo Pérez “El cuate”, fueron testigos del florecimiento de ideas, de la realización de eventos como la presentación del Tenorio Cómico en donde comulgó por un periodo el interés de sembrar, de forjar talentos y de concebir diversas formas de entretenimiento más allá de asistir a una función de cine, y en estas remembranzas Fermín Cortez no puede dejar de mencionar la aparición del Café Fuensanta, de la discoteca Casa Blanca Rix y de La Chanty, espacios en donde explayaban sus habilidades en la actuación, quedando gente afuera de estos lugares con las ganas de ingresar aún y pagando.

“Fueron tiempos maravillosos los que vivimos; nos sentíamos grandes porque la gente nos aplaudía y porque donde quiera que nos presentábamos llenábamos; hoy estoy retirado de la actuación y en mis ratos libres escribo poesía; no soy declamador, aclaro, porque aún y preparándote para estar en un escenario puedes echar a perder una poesía como yo lo llegué a hacer; estando ya parado frente al jurado, el comienzo del poema se me olvidó; declamé otras partes de la poesía y al final la hice toda trizas, eso sí, nunca me quedé callado; fue tanto mi coraje que terminé llorando en un rincón, a pesar de ello gané una medalla de plata, misma que después de 40 años no se me ha entregado”.

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